martes, 24 de junio de 2014

CONVERSACIÓN CON UN SOBREVIVIENTE

 
Artista clave de los años ochenta. Con una vida de viajes interminables, fue testigo de las adicciones de su generación, sobrevivió a la dictadura argentina, se infiltró durante treinta años en cárceles y combatió junto a las madres de plaza de Mayo pidiendo justicia para las víctimas. Fernando ‘Coco’ Bedoya regresa a Lima, donde el MALI ha montado una exposición que reúne veinte años de agitada producción.
 
 
Coco’ ‒apelativo que utilizó por seguridad durante los duros años ochenta‒ nació en Amazonas, pero me con­fiesa que desde muy niño no ha parado de trasladarse. Los via­jes de su padre lo obligaban a mudarse constantemente por el país. Admite que ceremonias como las de Tarma, don­de distintas comunidades se organizan para elaborar alfombras de flores, le sir­vieron de inspiración para sus trabajos en espacios públicos contra la dictadura. Se enorgullece de haber colaborado en la encarcelación de militares argentinos y de haber sido un autodidacta curioso toda su vida. Pero su compromiso artís­tico no solo le ha permitido lograr vic­torias políticas, sino también galardones importantes, como el Premio Salón Na­cional de Grabado en Buenos Aires, que se le otorgó en el 2010.
 
‘Coco’, tú eres prácticamente un au­todidacta. ¿Cómo ingresas al trabajo artístico?
De chiquito era una especie de bicho ligado a la gráfica. Había una historie­ta en El Dominical de El Comercio que me tenía enloquecido, porque era un cholo que jugaba a la pelota hasta con extrarrestres. Era buenísima, a todo color. También me dediqué a copiar las postales de Pancho Fierro que me regalaba mi madre. Luego, a los diez años, aprendí grabado en el colegio Ricardo Bentín, cuando aún existían buenas unidades escolares.
 
¿Luego…?
Después me metí a la escuela de Bellas Artes y me di cuenta de que allí no me iban a enseñar un carajo. Así que em­pecé a hacer ejercicios con gente que pudiese enseñarme a entender el arte. Leí la historia de arte, investigué sobre artistas y les toqué la puerta. Los ti­pos estaban más solos que Matusalén. Porque, claro, hace cincuenta años te decían que el arte era para maricones. Ahora el arte está de moda.
 
¿Qué artistas te ayudaron en ese pro­ceso?
Aparecieron unos monstruos: Mario­tti, que es un tipo muy conocido acá; José Carlos Ramos, que es un tipo muy creativo, y Ricardo Wiesse. También gente muy interesante de mi edad. Yo pienso que, si uno no tiene plata, no puedes estudiar, hay que inventar for­mas de trabajar creativamente. Si uno quiere aprender verdaderamente algo, vas a encontrar a un tipo que te abraza y te adopta como hijo. Aquí hay mu­cha gente creativa.
 
Luego viviste una temporada en Argentina y regresaste a Lima para crear el grupo Paréntesis, con el cual organizan el festival Con­tacta 79 para intentar renovar las prácticas artísticas. ¿Cómo fue esa experiencia?
Sí, fue el primer Contacta indepen­diente. Antes ese festival estuvo vin­culado al velasquismo. Nosotros lo sacamos de esas catacumbas. Éramos todo un grupo de gente joven que te­nía ganas de hacer cosas nuevas, y nos encontramos ese hueso ya chupado, y a ese hueso le sacamos brillo. Lo im­portante no es qué cosa rescatas, sino qué haces con lo que rescatas. No como ahora, que todo es parodia.
 
¿Cuál es el problema con la parodia?
Ahora está de moda parodiar. Deci­den parodiar La última cena, y se les ocurre volver pintar el cuadro. Lo ter­minan cagando a Leonardo. Son unos vagos bárbaros. Y los curadores tam­bién están enganchados en eso. Por eso, yo enfrento la parodia, porque ahí no hay nada de creación. Se esconden en una obra que ya está consagrada.
 
¿Cómo asumir, entonces, una prácti­ca artística “auténtica”?
Yo pienso que la creación tiene que ver con poner patas arriba los hábitos. Es una forma de desmontaje. El arte es algo vivo cuando cambia las formas de mirar, de contemplar, de decir. En ese sentido, el arte toca una realidad próxima y hace visibles nuevas co­sas. Otro problema es que acá todo el mundo toma la creatividad como una cosa solemne. Crear es divertirse, inclusive donde está de por medio el dolor.
 
¿Qué quisiste hacer visible con La pasteleada?
Hay varias cosas ahí. Me rompí el culo para pintar ese cuadro, para hacer vi­sible algo. Se creía que la gente estaba fumando pasta en los huecos. No. Eran los de clase media, no era un proble­ma solo de los pobres. Además, la obra está hecha con pastel, que es una técni­ca que aquí nadie hace, y está llena de referencias y cosas que se deben con­siderar, como el libro blanco de Eiel­son, la foto en la botella o que la obra se despliegue como un retablo. Es un ambiente milagrero. Los ambientes de droga son como ambientes místicos.
 
La Pasteleada. Fernando "Coco" Bedoya.

 
LO COLECTIVO Y LO POPULAR
A finales de los setenta proponías, entre otras cosas, las formas de tra­bajo cooperativo. ¿Cuántas de esas propuestas quedan?
Para mí queda todo. Principalmente, lo colectivo. Hago hincapié en esto porque lo colectivo te enriquece. Per­mite crear espacios de enunciación, de intercambiar ideas, de avanzar más rápido. Esto es lo que sostiene mi tra­bajo. Si no, me hubiera sido imposible trabajar con las madres de plaza de Mayo o en las cárceles con el proyecto Estampa. ¿Te imaginas lo difícil que es hacer que personas que están pade­ciendo encierro y no tienen un carajo de libertad se la crean y hagan algo?
 
 
 
Fernando "Coco" Bedoya. Mali. 2014

 
Sin embargo, se le critica al arte con­temporáneo apelar a lo “colectivo” como una forma de demagogia para autolegitimarse…
Nosotros metimos en cana a todos los militares en Argentina. El arte contri­buyó mucho a eso. Trabajábamos para la conformación de un lenguaje críti­co, cuestionando las leyes que quisie­ron proteger a los genocidas. Organi­zábamos talleres de creación colectiva. A nosotros nos amenazaban. A ti no te van a amenazar o ponerte una bomba en tu casa si estás haciendo demagogia. En todo caso, te mandan un paquete de flores y te agradecen. Cumplimos con nuestro mandato generacional, no tenemos ninguna deuda histórica. Y es muy importante que las genera­ciones no vengan endeudadas.
 
Proyecto Coquito. 1979. Collage. Coco Bedoya con Lucy Angulo, Guillermo Bolaños, Mercedes Idoyaga (Emei), Rolf Knippenberg,Martin Luna, Gigi Stenner. Museo de Arte de Lima, Comité de Adquisiciones de arte contemporáneo. 2012.

 
¿Por qué llamarlo arte y no acti-vismo?
Es curioso, pero los primeros que pu­blicaron estos trabajos como un evento artístico ‒por ejemplo, sobre este tema de los desaparecidos‒ fueron los de la revista Time entre los años 83 y 84. Los europeos y los norteamericanos se die­ron cuenta de que esto es un producto del arte latinoamericano. Tuvo que ver con un momento en el que las institu­ciones no estaban fuertes, y el arte creó este tipo de resistencias. Pero estas re­sistencias han sido fagocitadas por las instituciones. Sin embargo, hay que agradecer el trabajo de investigación que están haciendo el MALI y los cura­dores sobre el grupo de artistas que han trabajado desde un lugar mucho más crítico con respecto a lo que pasaba en el continente o con lo que pasaba res­pecto a las instituciones del arte.
 
Además de lo colectivo, proponían la reivindicación del arte popular. ¿De qué manera lo abordas ahora?
Eso lo he trabajo extensamente en mi serie sobre fiebres artesanales, donde está el cuadro del fantasma de la casa Matusita, los trabajos con las trepanaciones craneanas o el torito de Pucará. Para mí el arte popular es mucho más culto que el arte culto no solo por lo que dice, sino por los métodos de creación y de apropiación que tiene. Un ar­tesano se apropia de todo y termi­na haciendo un altar estupendo. Puede meter a Batman y funciona genial.
 
¡Yan Ken Pó! 1979. Serigrafía Sobre Papel.

 
 
La muestra en el MALI se com­plementa con un proyecto que has propuesto abordando el problema del racismo…
Sí. Estamos elaborando un taller sobre Paco Yunque con escolares y adultos, en el que vamos a trabajar el tema de la discriminación y el del maltrato. Yo mismo he padecido esto viviendo fuera. Para mí, el arte es contextual. No puedes hacerte el loco. Como te decía, hay que trabajar los lugares del dolor que uno tiene. Y aquí, en el Perú, esos temas son el fascismo, el racismo y el machismo. Estoy convencido de que el racismo no aparece más si todo el mundo aprende quechua. La gente tiene ver­güenza de hablar su propia lengua. Aquí parece que está todo bien, pero en realidad hay demasiadas cosas que nos dañan.
 
Publicado en Revista Velaverde. Edición 66.