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| Marat (Sebastião). De la serie Imágenes de Basura. Vik Muniz |
Si el espectador se acerca detenidamente a las fotografías de Vik Muniz, es capaz de percibir que estas obras no son estrictamente las de un fotógrafo. Si uno se aproxima físicamente a estas representaciones, advierte de pronto que aquellas imágenes han sido elaboradas por una especie de hombre del renacimiento.
Desde la enorme reproducción del Narciso de Caravaggio, compuesta por chatarra y otros materiales, que da la bienvenida a la sala, se percibe a un artista cuyos medios expresivos recorren la escultura, el collage, el calado, el ensamblaje, la pintura, el recorte; incluyendo decenas de pequeñas herramientas manuales y un trabajo de pensamiento y técnica original, que desemboca finalmente en fotografías de distintos tamaños.
Así, lo que le permite la fotografía es trabajar en función de dos objetivos: crear una arbitrariedad en las dimensiones, sumándole retos al observador que se ve frente al dilema de reconocer el tamaño real y la ubicación de cada obra (por ejemplo, la serie influenciada por el Land Art), y a la vez acortar ciertas distancias.
Esto es lo que mueve en gran parte el trabajo del artista brasilero: el interés por acortar las distancias. Este deseo puede entenderse en dos sentidos. Por un lado, achicar la brecha entre el mundo sensible y el mundo “ideal”; es decir, vincular la sensación y lo pensado. En un segundo momento, acortar las distancias implica permitir que el espectador sea capaz de revelar los materiales y las significaciones que constituyen la obra final. Una orquestación de materiales que han sido congregados y manipulados de manera que tengan una incidencia importante en el tema escogido.
Ahí están sus trabajos de la serie “Sugar Children”, elaborados con azúcar y que intensifica el drama social detrás de lo representado, o “Imágenes de basura”, serie de la que derivó el documental Waste Land. Asimismo, “Imágenes de chocolate”, cuyo material agudiza esa sensación de viscosidad y evasión que poseían las acciones de Pollock fotografiadas por Hans Namuth, y que Muniz reproduce.
Por su parte, la serie “Equivalentes o Imágenes de nubes” reta, con un guiño wittgensteiniano, a optar por alguno de los aspectos posibles de cada imagen, determinados por el material escogido. Y es que cada una de estas piezas, desde las más pequeñas –hechas previamente con alambres o las reproducciones de paisajes con hilos– hasta las más grandes –donde se reproducen obras del Bosco, Hopper, Stubbs, Gambosi o Warhol a través de materiales como la chatarra, alimentos, restos tecnológicos, recortes de revistas, tierra, juguetes o piezas de rompecabezas– alientan la posibilidad de leer estas obras desde múltiples perspectivas y significaciones.
El propio artista ha manifestado en alguna entrevista que hay que reconocer la gramática detrás de una imagen; que es necesario quebrar las imágenes en detalles para reconocer lo que hay detrás; que, según las distancias, las imágenes significan algo diferente.
Esto es lo que implicaría colocarse más acá de la imagen: crear un ritual de la aproximación mediada por la experiencia física, reconocer cada objeto y transitar por los diversos lugares significativos. Moverse y mirar, a pesar de la desestabilización simbólica que nos impone un profesional de la técnica y un pensador del trabajo artístico.
La retrospectiva revisa veinte años de trabajo de Vik Muniz y va hasta el 14 de abril en el Museo de Arte Contemporáneo (MAC), en Barranco.
Publicado en Revista Velaverde. Edición 50.

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