jueves, 17 de abril de 2014

PERDER LA FORMA HUMANA

Pedro Lemebel

 
En un texto reciente referido a las bienales, y que busca delimitar las “condiciones” necesarias para organizar exposiciones; el curador colombiano José Roca soste­nía que estas deben renunciar a la pretensión de ser una bi­blioteca o un archivo.

Los archivos, en el contexto expositivo, apunta: “o se vuelven pura imagen, o se vuelven pura retórica curato­rial.” Y por último, “si quiero leer me voy a la biblioteca, en donde puedo informarme en profundi­dad, y además no tengo que ha­cerlo parado”.
Perder la Forma Humana, exposición que presenta el Mu­seo de Arte de Lima (MALI), es una muestra que corre el ries­go de sufrir estas “debilidades”, si acaso la juzgamos desde un punto descontextualizado.

La muestra reúne un amplio conjunto de documentos visua­les, escritos y sonoros que recorren las distintas prácti­cas que se realizaron en América Latina durante los años ochenta, inaugurando una forma particular de vincular arte y política. La sala agrupa fotografías de gran tama­ño, que abordan la identidad, la sexualidad o lo político, desde una dimensión poética no exenta de ironía y dra­matismo.
Prueba de ello son los trabajos del chileno Pedro Le­mebel o el brasileño Luiz Fernando Borges da Fonseca, que dialogan con las composiciones del peruano Herbert Rodríguez o las del Taller NN, presentando una estetiza­ción de la política, a través de fotos, collages y serigrafías, que ponen frente al espectador la tensión de una reali­dad, que uno termina por concluir fue un drama común a los países de este continente.

Pero el registro formal de los artistas “de profesión”, interactúa con otros documentos que nos revelan una historia paralela y oculta para la mayoría. Fanzines, vi­deos de conciertos y momentos inéditos, textos elabora­dos en la clandestinidad latinoamericana, cuentan la otra narrativa, la de la marginalidad que apareció como una forma de resistencia frente a las dictaduras, la opresión o el poder hegemónico; y que se sirvió del espacio público o los medios contraculturales, para denunciar las excesi­vas formas de control.

Retomando la crítica de Roca, ¿qué hace, entonces, de este con­junto una exposición como tal y no un espacio más de confusa aglo­meración? Una sociedad que sitúa al conocimiento como uno de sus derechos fundamentales, procura establecer instituciones que asegu­ren el acceso a este. Tal vez, la do­ble intención de los curadores y del MALI sea la de servir como espa­cio de educación de la mirada y la reflexión; ofrecer ciertos tipos de imágenes pero también cierto tipo de discursos, en gran medida, olvidados; buscando saldar los vacíos originados por la ausencia de espacios de lectura y discusión.

Así, en lugar de ver una debilidad, una forma intere­sante de ingresar a esta exposición, es considerando que imágenes y textos se complementan, y hasta se confunden a nivel de estrategia artística, jugando con la idea de que incluso aquellas construcciones del poder, como estado, mercado, control; se crean sobre ficciones o discursos. Se convierten también, de alguna manera, en prácticas estéticas. Más aun. Hace algunos días un grupo de per­sonas intentó censurar otra exposición que comparte los ambientes del museo, por ser “demasiado obscena”. En el lugar opuesto, Perder la Forma Humana nos recuerda que el arte, en momentos dramáticos, nos puede condu­cir a formas renovadas de ver y de dialogar. La muestra va hasta el 23 de febrero en el MALI.
 
Publicado en Revista Velaverde. Edición 45.

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