lunes, 7 de abril de 2014

GRANDES EXPECTATIVAS



Monumento XX. Miguel Andrade
 
El siglo pasado nació con la posibilidad de ver y conocer. Las utopías del siglo XX, se componían de planes colosales, aéreos, enfocados a la atención y el poderío mundial, que aseguraban de cierta manera la compensación del hombre y su condición – en términos de Hanna Arendt-, con la naturaleza. El anhelo de materializar toda la potencialidad del hombre, se vio de pronto concretizada en los rascacielos, la torre Eiffel, el Zeppelin, los monumentales proyectos de las Internacionales.
Pero esta apropiación de los espacios, nos cuenta hoy la historia, fue simplemente una (des)ilusión. La red de planes de carácter evolutivo que aseguraba el dominio de una racionalidad eficiente y sobre todo, estable; no materializó las utopías, se autosaboteó, generando evidentes síntomas de malestar social y de escepticismo. Al menos eso es lo que hoy nos hacen creer las discusiones académicas. Pero, ¿hasta qué punto una sociedad decepcionada como la denomina Lipovetsky, fragilizada a nivel moral y psicológico, es capaz de crear un arte que se sostenga en un discurso sólido?
O, de otra manera, ¿como puede el arte ingresar hoy a la sociedad, sin evidenciar sus propias carencias y debilidades?

Caída y fractura

En 1970, durante un paseo en bicicleta, Bas Jan Ader se lanza repentinamente hacia un canal en Ámsterdam. Tiempo después, se avienta desde un tejado. La dinámica continúa, en un tercer lanzamiento desde un árbol hacia un arroyo. Las caídas cesaron finalmente en el verano de 1975, cuando a bordo de un velero, desapareció en el mar.
En una interpretación rápida y didáctica de estas acciones performáticas, la manifestación directa y explícita de la caída representa una dislocación, la presencia de una desligazón y el reconocimiento de que mucha de la productividad finita del hombre es contradictoria. En estos trabajos Bas Jan Ader, enfrentaba el rol del artista-individuo en una sociedad beligerante (Guerra Fría, Vietnam, gobiernos totalitarios), y fraudulenta.
Más de 30 años después podemos asistir a esos trabajos y a esas etapas, como espectadores impuntuales del movimiento hacia la fractura y hasta convertidos al escepticismo. Hoy somos los fracturados, pero tenemos la ventaja de poder ver el camino trazado. Y en esas condiciones esta exposición ofrece una mirada parcial de lo ocurrido y sus consecuencias con una atención crítica, y a la vez critica sus nuevas expectativas y sus relatos presentes y futuros.
Retrospectiva: (del latín retrospicere. Mirar hacia atrás)
El mundo ha cambiado más en los últimos 30 años que desde los tiempos de Jesucristo en la sociedad occidental capitalista.
Charles Peguy, 1913.
El trabajo de Miguel Andrade sugiere desde una primera instancia una señalización de anacronismo. El anacronismo permite una activación de la memoria o de una “huella”. En este trabajo existe la exigencia de replantear esa huella, de resignificarla para completar la exégesis de un periodo de convulsiones, en el que se establecieron los cambios dramáticos para las distintas escenas.
Por eso, no exageramos al definir la puesta en escena elaborada por el artista como una pesquisa, casi una alusión al trabajo de forense que observa al muerto con distancia quirúrgica. Nos introduce al clima histórico antiparadigmático, para revelar los posteriores fundamentos de las ausentes permanencias sociales y las fragmentaciones.
Esta mirada histórica asume aun mayor coherencia, cuando desde la amplitud que presenta el símbolo expuesto, analizamos algunos de sus componentes. Una pieza conformada por una X proyectada y por otra que debe ser (re) construida, completada por el que observa a través del espejo. Este exige un juego completo de reflexión. El ojo que completa la figura asiste a su propio reflejo. Así, para poder ver completa la imagen necesitamos utilizar un instrumento que nos confronta moralmente, mentalmente, en la medida en que nos obliga a un reconocimiento de la herencia cultural y nos acerca a la pregunta por la dependencia de temporalidades.
Por otro lado, la utilización del sillar (residuo volcánico y un elemento mineral característico arequipeño con una significación popular importante) para la composición de la obra, recuerda los trabajos de los procesos artísticos del siglo anterior, que surgieron de cambios sociales específicos. Por ejemplo, la apropiación de materiales económicos, naturales y residuales del arte Povera, que en palabras del crítico Germano Celant, traslucía una ilusión convertida en utopía[1]. Pero aquí la figura se invierte por el propio peso de la mirada del artista y la distancia temporal y cultural. La utopía y la ilusión no exigen presencia fundamental en la obra, solo es el instante de un registro de su existencia anterior y efímera. Recordemos también las apreciaciones de Robert Smithson, pionero del earth art, otra forma del arte procesual, donde analoga la superficie terrestre, sus accidentes, sedimentos, con las falacias del pensamiento y las ficciones del espíritu.
En esa dinámica de reconfiguración y memoria, se resignifica desde una actitud de investigación histórica, como planteaba Luis Felipe Noé en su Antiestética, el derrotero de las obsesiones actuales en el universo artístico y político.
José Vera Matos

 
Discursos actuales
Marc Bijl, un escéptico contemporáneo, confiesa en el texto de su muestra Reason To Believe: Para mi no fue sorpresa que los punks anarquistas y los terroristas (musulmanes) utilizasen los mismos lemas contra la civilización occidental.
El desplazamiento de los discursos, la repetición de estos, posibilita un vacío de sentido original. La migración del significado: un lema puede mutar y convertirse en un slogan, y este a su vez constituir un mantra: BE YOURSELF THINK DIFFERENT JUST DO IT. En esta construcción sintáctica José Vera, apunta a lo que considera la manipulación del lenguaje. En el lenguaje de la sensualidad se manifiesta una semántica de la destrucción, una cápsula que posee un carácter ambivalente porque en su discurso, en su postulado solo existe ficción o inclinación por lo tanático.
El discurso de la publicidad y el de las nuevas religiones como el new age, apuntan al convencimiento de una postura vital, de una realización como individuos activos. Sin embargo, también deslizan, desterritorializan o marginan a los entes sociales, creando una pseudo corporación, que para el artista juega más un papel de sociedad hedonista. De aquí, la presencia de los skates.
Pensemos en la filmografía de hace una o dos décadas atrás. Realizadores como Larry Clark o Gus van Sant, presentan estos vehículos como símbolos particulares de una cultura juvenil, aplicada a elaborar largos recorridos con un objetivo específico: el goce casi onanista, un goce de evasión. La inclusión de estos aparatos construidos en acrílico transparentes y dispuestos en un espacio, acompañados de un video con la técnica del slow motion, acentúa el vértigo, la aspiración de un deseo, del desplazamiento hacia una aporía social. El uso del acrílico bien podría remitirnos al destemple de nuestros asideros y la fantasmagórica presencia de éstos.
El tercer trabajo que completa la exposición, es la instalación de Giancarlo Scaglia. En ella, una reproducción escultórica del propio artista se confronta en la espera con la figura de una religiosa arequipeña que aguarda su beatificación. La paradoja aquí es que mientras el artista busca su lugar dentro del maisntream simbolizado por un libro Art Now, la religiosa aguarda también una sublimación[2]: la inmortalidad. Acontece pues, en el trabajo de Scaglia la desacralización del evento intersubjetivo, al punto de que se sitúan en un mismo estado: dos individuos que buscan el éxito, a la luz de un sistema neoliberal, en una “sociedad igualitaria”, donde la plenitud y la lucha por el reconocimiento, nos convoca a todos casi con la misma ansiedad.
La subversión de la diferencia entre los estatutos, religioso-artista, radica principalmente en la superación del elemento moral y se centra en el anhelo de una participación de universalidad y la proyección de una identidad desde lo público. Esta dicotomía de lo subjetivo y lo público, la implicatividad en el movimiento del aparato social y sus representaciones, es ya una característica determinante en la obra de Scaglia.
 
 
 
 
José Vera Matos
 
 
Grandes expectativas es pues una muestra que aproxima en calidad de síntoma, los signos de un proceso de proliferación, de un descontrol excesivo de las anunciaciones y enunciaciones sociales, cuya sistematicidad ha perdido prestigio en su despliegue. El planteamiento del fracaso o de la expectación, no exige una interpretación nostálgica, lo que entra en juego es una actitud irónica condensada en tres elementos constituyentes o preocupaciones interdependientes: desde lo humano como condición en las agitaciones del siglo pasado según Andrade; desde lo social y sus debilidades en José Vera, y desde lo personal en Scaglia, donde se fundamenta el tránsito de las transformaciones culturales; con una actitud crítica y dialógica.
 
Sin embargo, el propio esquema, la constitución de esta propuesta asume un carácter fragilizado en la medida que hasta cierto punto no se pueden determinar con exactitud los límites de su alcance. He ahí ya una de las expectativas irresueltas.
 [1] Para mayor detalle ver: Guasch, Anna María, El arte último del siglo XX. Del posminimalismo a lo multicultural. Aliazan editorial, Madrid, 2006.
[2] la figura religiosa aguarda el éxito con una Biblia, que es por definición y en comparación con el texto de arte, un compendio de los relatos simbólicos, que componen cierta promesa de perpetuación y salvación: de modelos paradigmáticos).


Texto del catálogo editado por el Centro Cultural Peruano Norteamericano. ICPNA. Arequipa. 2009

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